
Los carabineros me querían llevar. Nada malo ocurría. Tabaco por montones era el tráfico. Risas constantes la panacea. Miradas cómplices la lujuria.
Unos besos extraños la fuente de inspiración. Sabiduría mezclada con tonteras. Amor calcinado. Olores a tú persona y aquellas palabras lágrimas.
Los carabineros nos radiaron como a los delincuentes. No tuvimos escapatoria. Ellos me conocían. Sabían que era el culpable de todo. Mi insignia era la de un aria. Mis ojos delataban lo consumido.
Un fuerte olor a gas inundó el lugar. Tus ojos se me aparecían en esa plazoleta oscura y silenciosa. Las vecinas salieron a chismear. El sargento era canoso. Quizás también cariñoso. Hurguetearon dentro del móvil y encontraron la evidencia.
Los carabineros nos radiaron como a los delincuentes. No tuvimos escapatoria. Ellos me conocían. Sabían que era el culpable de todo. Mi insignia era la de un aria. Mis ojos delataban lo consumido.
Un fuerte olor a gas inundó el lugar. Tus ojos se me aparecían en esa plazoleta oscura y silenciosa. Las vecinas salieron a chismear. El sargento era canoso. Quizás también cariñoso. Hurguetearon dentro del móvil y encontraron la evidencia.
Tu nombre apareció millones de veces y en trillones de ecos. Solamente yo los escuché. La diversión fue grata. Alcoholizada al máximo. Caminando patichueco. Semienrropado. Cabizbajo y deschavetado.
Fue muy dura esa derrota, pues no nos detuvieron. El móvil con patente negra se quedó sin batería. Tuvimos que empujarlo y la metafísica hizo efecto. Ese policía canoso se despidió de nosotros contento pues el procedimiento no fue más que un tramite.
Un susto para mis bolsillos.